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Capitulo 1.- Un hombre solo y desamparado

 
Caminaba como un loco, perdido y alicaído, con una pistola y las manos ensagrentadas. Parecía todo tan irreal, como si no lloviese, como si las luces no le iluminasen, como si el suelo mojado no estuviera en realidad ahí, ni se oyesen los gritos y los pitos calles abajo, donde miles de personas celebraban el nuevo año. Pero él estaba ahí, con una pistola, un dolor de cabeza atroz, manos ensangrentadas y mil preguntas sin responder. Minutos antes se había despertado entre innumerables de inmundas bolsas de basuras, cuyo hedor se había convertido en líquido que recorría el suelo, gracias a la intensa lluvia que empapaba la ciudad, y que entonces le apestaba su ropa.
Caminaba como un vagabundo, perdido y alicaído, con una mente llena de dudas, una cabeza adolorida, una pistola y las manos ensangrentadas. Eso era todo lo que sabía. Torcía hacia una calle, vio que la muchedumbre comenzaba a llenar las callejuelas que llegaban a la plaza donde se celebró el fin de año, y pensó que no era muy aconsejable pasearse por las calles de aquella ciudad con un arma. Pensó que tarde o temprano le cogerían, pero tiró la pistola a un contenedor de basura que reposaba junto a la pared de un local de productos baratos, alimentación y demás, seguramente regentados por chinos. Al abrir el cubo vio jeringuillas vacías, presumiblemente de algún drogadicto asiduo a los callejones de la parte vieja de la ciudad. Si ellos se despojaban de su modo de confundir la realidad, él también lo haría, que culpen a esos desperdicios sociales, pensaba. No servían para nada, y él si, él era alguien en aquel mundo de dinero, pues a eso se reducen los objetivos de hoy en día. Hasta aquel momento.
Mientras cobijaba sus manos en los bolsillos helados de su chaqueta, intentaba pensar a dónde y cómo ir. Su vida se había transformado en la de un escritor sin camino por el que proseguir una historia, llegado a lo alto de un acantilado, y el bravo mar golpeando con violencia, esperando el caer de un alma perdida más. En ello acababa, en el mar. Numerosos románticos se hacían a la mar siglos atrás, rogando a la naturaleza que pusiese fin a sus vidas con el amargo abrazo de las olas, pues la valentía solo les llegaba a poder comprar una barca y remar más allá. Quizá debía hacer eso, pero su mente era demasiado fuerte y ambiciosa como para poder cometer semejante estupidez. Poco a poco veía como su personalidad iba volviendo a su cuerpo. ¡Ya era hora!
Rebuscó en sus bolsillos, seguía teniendo su cartera, pero no tenía documentación. Al menos no la suya propia, aunque en el carné la imagen de una persona idéntica a él le devolvía la mirada, como burlándose de la incredulidad que se había apoderado de su rostro. “Xabier Vergara García”. Así le revelaba esa tarjeta su identidad. También en la cartera tenía un billete de quinientos, otro de doscientos y uno de cien. Euros, claro. Aún se hallaba bajo el no tan cálido regazo de la vieja Europa. Poco a poco veía como las nociones básicas de su entorno iban volviendo a su mente. ¡Ya era hora!
Madrid. Eso rezaba un cartel en un bulevar con frondosos árboles cuyas copas alcanzaban los cuartos pisos de unos edificios no poco elegantes. Vio una magnífica fuente en medio de una gran glorieta, y una estatua que se alzaba comandando dos leones que tiraban del carro de una bella mujer. Sus manos aún ardían de culpa y no podía pasearse eternamente con las manos en los bolsillos de su abrigo. Pero los coches rodeaban incansables el lugar, vedando el paso y vetando sus oportunidades. Pero los charcos, aunque sucios, eran numerosos. Se fue directo al primero que vio e intentó lavar sus ensangrentadas manos en vano. Las manchas parecían cicatrices. No tenía salida y se vio abocado a la espantosa idea de estar, al menos aquella noche, escondiendo sus gestos. No tenía manos, no tenía pasado, no tenía vida. ¿Qué más le quedaba por perder? Su mundo se estaba derrumbando a cada paso que daba en la oscuridad más profunda, aquella infranqueable y temible, que amenazaba con destruirle para siempre. Él, un simple hombre, cabeza de una familia, director de una importante empresa que ya no existía. Y sin recuerdos de los últimos días. Aquello le había pillado por sorpresa. Aquello no le estaba pasando. Precisamente a él no. Él era intocable, hasta esa noche de fin de año. Fin de año, fin de mes, fin de semana, fin de día, fin de hora. Fin de su vida. Principio de su nueva historia. Mi historia.
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