Capítulo 2.- A Rastras con el Génesis

Tal vez suene como algo irreal, como si os estuviera mintiendo, pero es así. Las vidas dan vueltas, a veces sobre si y otras sobre el mundo, pero jamás puedes controlar el destino o para lo que estas hecho. Y eso es maravilloso, aunque en aquel entonces no lo viera claro, pensando que estaba completamente solo, que nadie me podía salvar y que lo mejor que me podía pasar era ir a parar a un calabozo. No ocurrió tal cosa.

La noche me atrapaba y me nublaba, me ahogaba y me estrangulaba. Y estaba solo. Más solo que nunca. Lo que sea que haya sido ya no importaba, mirar atrás no vale de nada a menos que quieras dar pasos atrás eternamente, pero decidí seguir. Decidí vivir y cambiar. Tal vez una decisión demasiada arriesgada, pero al fin y al cabo se trata de hacer lo que dicte el corazón y la mente, pues por primera vez ambos entes de mi ser se habían puesto de acuerdo. Es entonces cuando has de dejar todo, ver cómo se suceden los acontecimientos, dejarse llevar. Abandonar todo y echar a andar.

Conseguí lavarme las manos, quitarme semejantes cicatrices, y poder andar a paso seguro aunque vacilante aún. Amanecía y la vida emergía en Madrid. Los coches poco a poco iban inundando las calles, como si de una manada de toros recién suelta se tratase. La ciudad bullía en su eterna monotonía, y yo permanecía inquebrantable, como un fantasma que ya no pertenecía a esa vida. Aburrida. Sin cambios. Sin novedades. Siguiendo los pasos predestinados de la globalización establecida. Y yo, en algún momento de mi vida, fui parte de ello, comandando las vidas de unos cuantos desgraciados que no tenían el suficiente dinero como para hacerlo por sí mismos. Hace tiempo que nos abandonamos de los cómodos brazos de la Selección Natural de Darwin, aceptando al dinero como destino, como selectivo, y abandonando nuestras capacidades físicas y psíquicas. Las hormigas son más fuertes que los humanos, sin duda.

Me senté a contemplar ese circuito interminable de bullicio en un banco de un parque. Dejé mi mente en blanco, mi subconsciente me atrapó. Melodías irreconocibles me invadieron, voces, imágenes. Retazos inescrutables de una película con su cierta lógica. Y cuando me creía ver inmerso en una profunda meditación pseudo budista, un móvil sonó en un bolsillo de mis pantalones con un timbre monótono y clásico, acompañado de una agradable vibración que quería captar mi atención. Seguía sonando y yo, como un estúpido, no hice nada. No sonaba ya.

Y volvió a sonar. Y a vibrar. Y algunos de los que paseaban por allí se percataban de aquel imbécil que no quería coger la llamada, pensando que tal vez ignoraba a una amante despechada, a un jefe megalómano o a una esposa preocupada por su marido borracho. Decidí coger el móvil. Cogí la llamada.

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